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El palacio de Potala, una ciudad monumental en el corazón de Lhasa

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En el centro del valle de Lhasa, a unos 3 mil 700 metros sobre el nivel del mar, el palacio de Potala se levanta como uno de los grandes símbolos del Tíbet. El complejo monumental reúne más de mil habitaciones, 10 mil santuarios y unas 200 mil estatuas de distintos budas.

La construcción, inscrita por la Unesco en el conjunto histórico del palacio de Potala, el templo de Jokhang y Norbulingka, conserva un papel central en la historia y la tradición del budismo tibetano. Su escala, ubicación y riqueza artística lo convierten también en uno de los principales destinos turísticos de Lhasa.

Un complejo dividido en dos palacios

El palacio de Potala está dividido en el palacio Rojo y el palacio Blanco. Sus espacios incluyen numerosas salas de exhibición, santuarios, patios interiores, escalinatas y ventanas que forman parte de un recorrido marcado por la arquitectura religiosa y la historia del recinto.

El conjunto ocupa aproximadamente 400 por 300 metros. Además, se eleva 119 metros sobre la montaña donde fue construido y cerca de 300 metros por encima del valle de Lhasa, una posición que acentúa su presencia sobre el paisaje urbano.

Un recinto ligado a la tradición tibetana

El nombre Potala proviene del monte Potalaka, asociado en la tradición budista con Avalokiteshvara, la bodhisattva de la compasión. El palacio es considerado además la sede histórica de la escuela Gelug del budismo tibetano.

Junto con el monasterio del templo de Jokhang, el palacio forma parte de un patrimonio arquitectónico y religioso reconocido internacionalmente. Ambos recintos representan distintas expresiones de la arquitectura tradicional tibetana y de la historia espiritual de Lhasa.

El desafío de recorrer sus escalinatas

El acceso al palacio implica subir escaleras de piedra y madera hasta llegar a las distintas áreas del recinto. La altura de Lhasa convierte el recorrido en un desafío físico para los visitantes, especialmente al avanzar hacia las partes superiores del complejo.

A pesar de ello, las filas de visitantes que llegan a la taquilla y ascienden por las escalinatas se han convertido en una imagen habitual del sitio. Desde sus patios y azoteas, el palacio domina el valle y mantiene su condición de referencia histórica, religiosa y cultural del Tíbet.